Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

Retorno a Cartago

Martes, 25 de enero de 2005

Troya, de Gisbert Haefs

A principios de septiembre compré la novela Troya de Gisbert Haefs en la oferta de lanzamiento de una de las múltiples colecciones que asaltan los quioscos tras el verano (Últimos éxitos de la novela histórica, de Planeta DeAgostini). Solo había leído su novela Aníbal, de recuerdo neutro, y las referencias que tenía sobre Troya no eran demasiado favorables (“se limita a dar nombres luvitas a los personajes de La Iliada”, me dijo en un curso de novela histórica en 2001 un experto sobre el mundo hitita) pero la fuerza de la cólera de Aquiles y el resto de la epopeya de Homero me arrastraron a la compra.

Abierto el libro, la cita inicial de Borges (Cuatro son las historias. Una, la más antigua, es la de una fuerte ciudad que cercan y defienden hombres valientes ...) me llenó de esperanza sobre lo que el libro guardaba. Pasados unos meses y espoleado por la lectura de Troya y Homero. Hacia la resolución de un enigma, de Joachim Latacz, ataqué finalmente el relato de Haefs, esperando encontrar la traducción novelesca de las últimas investigaciones sobre la vieja ciudad de Príamo. Al fin y al cabo, ambos autores son alemanes y, según Latacz, en su patria la polémica sobre las excavaciones en la colina Hisarlik, al oeste de la península de Anatolia, había superado los ámbitos académicos y alcanzado la portada de los semanarios de información general.

¿Cuál es mi impresión tras terminar Troya? No demasiado favorable. Es una lectura entretenida pero participa de casi todos los defectos más comunes de la última novela histórica. Además alarga la trama hasta lo indecible (560 páginas) sin aportar grandes cosas a cambio.

Pero la larga extensión no se debe a la narración pormenorizada de toda la epopeya homérica. Si la película Troya de fue duramente criticada, entre otros factores, por reducir a escasas semanas los diez años en que Homero y la tradición clásica cifraban el asedio a Ilión, la novela de Haefs lo prolonga unos cuantos meses, los que van entre el embarazo de Tashmetu a su parto, ya acabada la guerra.

Aunque la novela se titula Troya, en realidad podría llamarse Las aventuras de Áwil Ninurta, el mercader asirio que la protagoniza. Deseando dotar a la epopeya de Ilión de un transfondo histórico y no mítico Haefs sitúa el asedio de Troya dentro de las convulsiones sufridas por el reino de los hititas al final de la Edad del Bronce. Para ello utiliza la denominada Acusación de Madduwatta, la carta dirigida por el rey hitita Anurwanda a un caudillo guerrero –el citado Madduwatta- reprochándole su deslealtad. Los arqueólogos no han podido situar con precisión la patria originaria de Madduwatta (como si fuera un Alonso Quijano de la Edad del Bronce), aunque se la cree situada en algún territorio de la Anatolia occidental. No obstante se sabe que tuvo que abandonarla por una disputa con un “hombre de Ahhiya”, Attarsiya, para refugiarse en la corte del soberano hitita Tudhaliya. Seducido por las habilidades políticas de Madduwatta y por el poderío del séquito militar del caudillo, el rey de Hatti decide situarle como gobernante vasallo del montañoso País de Zisppala. Pero la ambición de poder de Madduwatta no se colmó con tan pequeño territorio. Desde su nuevo feudo olvidó sus deberes de fidelidad y lealtad y decidió satisfacer sus propias ambiciones, intrigando y guerreando contra su señor y otros vasallos. Conquistó e incorporó a su reino Happalla, Pitassa y también tierras del País de Lukka. Tras muchos avatares, y ya con gran parte del sudoeste de Anatolia en su poder, no tuvo reparo en aliarse con su antiguo enemigo Attarsiya para conquista la isla de Alasiya, es decir Chipre.

En este contexto Haefs sitúa la guerra de Troya. Partiendo de la pregunta ¿qué fue de la flota troyana? el autor alemán imagina una alianza entre Madduwatta (o Madduwatas como se cita siempre en la novela) y el rey Prijamadu de Wilusa (Príamo) para conquistar Chipre. Los aqueos, dirigidos por Agamenón, aprovechan esta ausencia de defensa naval para lanzar su ataque sobre Ilión, sabiendo además que Príamo no puede esperar ayuda de sus aliados naturales, los hititas, al haberlos traicionado con su alianza con Madduwattas.

La tesis es sugerente pero no carece de problemas.

Además de estas referencias al mundo hitita otra tesis lanzada por Haefs es la distinción entre aqueos y micénicos, convirtiendo a los primeros en una raza de guerreros -fieros, bárbaros y por civilizar-, que tras ser contratados como mercenarios por los micénicos dueños de los palacios, habrían usurpado sus tronos y ocupado el lecho de sus esposas para reinar sobre las ciudades de Grecia pasado el ecuador del segundo milenio a.C. Aquiles, Ulises, los Átridas, Ayax, Diómedes y el mismo Príamo pertenecerían a esta estirpe de soldados de fortuna, mientras que Néstor y Polímedes serían verdaderos reyes micénicos, supervivientes de una casta casi aniquilada adaptados a las nuevas circunstancias de poder.

Confieso que nunca había visto esta distinción entre aqueos y micénicos que traza Haefs, pero la trama que cuenta me recordó a una teoría sobre la invasión dórica que había estudiado en el II volumen de la Historia Universal de Historia 16, dedicado a al Edad Antigua. Según el autor, la conquista dórica de la Hélade micénica -el famoso retorno de los heraclidas de la mitología griega- no fue una verdadera invasión sino la rebelión de una estirpe helena sometida hasta entonces por los aqueos reinantes. Parece que Haefs se limita a adelantar siglo o siglo y medio esta rebelión-invasión para denominar aqueos a esos mercenarios usurpadores del poder y destructores de la vieja civilización micénica.

Como cabeza de esta raza de salvajes Haefs coloca a Aquiles, el de los pies ligeros. Si, en frase impactante, Catherine Yronwode calificó al Conan de los Relatos de Robert E. Howard como un “violador con pretensiones de héroe” (para diferenciarlo del protagonista más neutro de los comic-books de los años 70), Haefs transforma directamente a Aquiles en un monstruo sin ningún tipo de pretensiones. Considerado como monstruo por sus propios compañeros de armas el hijo de Peleo en la novela de Haefs no es un guerrero colérico sino un simple asesino, inmisericorde y necrófilo. Un personaje secundario de la trama que ni siquiera puede redimir su salvajismo conmoviéndose por la muerte de Patroclo o devolviendo el cadáver de Héctor a Príamo. Lejos queda el pélida que suscito el canto de una musa invocada por Homero.

Y la referencia al héroe cimmerio de Howard no es gratuita. Si Lin Carter y Sprague de Camp reelaboraron relatos del escritor tejano protagonizados por otros personajes (Solomon Kane, Kull de Valusia o el picto Bran Mc Morn) para insertarlos en el ciclo de Conan, no habría grandes dificultades para que rescribieran la Troya de Haefs, situando como protagonista al héroe “de grandes tristezas y grandes alegrías”. Es cierto que el tipo humano del comerciante Áwil Ninurta no se ajusta al prototipo musculoso de los héroes de Robert E. Howard ni al perfil de corsario de Conan; pero a cambio Haefs nos ofrece un malvado y diabólico rey, Maduwattas, cabeza de un culto demoníaco de sacerdotes de mantos rojos (¿cómo no recordar Alas diabólicas sobre Shadizar o Villanos en la casa?) que sacrifica niños en holocaustos que causarían pavor a los propios adoradores de Baal. Inconscientemente a sombra de Thot Amon o Thulsa Doom y del culto de las serpientes planea sobre la figura de Maduwattas.

Pero Conan el cimmerio no es el único personaje del que la novela me trae recuerdos. Los héroes de Víctor Mora también tienen su oportunidad. Si el Capitán Trueno viajo en globo por el mundo siglos antes de los hermanos Montgolfier gracias al mago Morgano, Haefs crea un gasqueo precursor de Arquímedes o Leonardo y también de Gutemberg. Este genio, de nombre , lo mismo inventa poleas para facilitar la carga de los navíos que navegan hasta Rodas que diseña una imprentilla de caracteres fenicios móviles basándose en los sellos hititas y luvitas que han encontrado los arqueólogos. Uno llega a pensar que es una lástima que el alfabeto apenas se hubiera difundido porque las crónicas de la Gaceta de Wilusa o del Correo de Hatti hubieran sido de gran utilidad para los historiadores. Por otro lado si la Vieja Dama del mar daba refugio a los navíos del Corsario de Hierro en un paraje secreto de la costa africana cercado por enormes acantilados, los mercaderes de la novela encabezados por Awil Ninurta también disponen de su propio Edén End. Se trata de una pequeña isla cercana a Rodas, desconocida en las rutas de navegación, que esconde tras sus costas escarpadas un paisaje delicioso. Para acceder a este puerto secreto los pilotos de las naves deben susurrar una contraseña que abre el paso a al gruta: la palabra shashammu, es decir sésamo. Con lo que del Corsario de Hierro pasamos directamente a Alí Baba.

La cuestión no radica en estos guiños lanzados al lector fabricando anacronismos o dando precedentes perdidos a inventos surgidos muchos siglos después sino cuál es su función en el relato. Gracias al globo de Morgano el Capitán Trueno pudo viajar por todo el mundo y vivir fantásticas aventuras. Pero la novela de Haefs no gana nada con toda esta morralla. Tsanghar se pasa la novela inventando artilugios que no tienen ningún papel en la trama y el escritor alemán ni siquiera le permite ser el inventor del famoso Caballo de Troya, lo que podría haber sido una justificación final para todo este despliegue de ingeniería y destreza.

No sé cuál sería el propósito de Haefs con su novela pero no logra ni una buena trama ni un divulgación esclarecedora de las últimas investigaciones y conjeturas sobre Troya y sus relaciones con el mundo hitita. La novela entretiene pero nunca seduce: no hay grandes personajes ni momentos que permanezcan en la memoria. Y uno termina el libro con tan escasos conocimientos sobre el mundo hitita y sus relaciones con las restantes potencias del Bronce final como tenía al comenzar la novela. Eso sí, a lo mejor piensa que los estribos los inventó un gasqueo de nombre Tsanghar con tan mala suerte que permanecieron otros 1600 años olvidados en el área mediterránea. Es cierto que cita la ciudad nueva descubierta en las últimas excavaciones de Manfred Korfman y el famoso sello luvita descubierto en la misma pero apenas proporciona datos sobre el mundo y la historia de los hititas (¡y son abundantes!). Y si tanto interés tenía en la historia de Madduwatta ¿le hubiera costado mucho citar la dichosa Acusación escrita por el rey Anurwanda contra el condottiero como uno de los documentos que el sacerdote egipcio lee a Solón al comienzo de la novela?

En suma, una de esas novelas históricas que banalizan los méritos del género y te hacen añorar la lectura de cualquier buen libro de divulgación, desde el -ya antiguo- Misterio de los hititas, de C.W. Ceram al más reciente Troya y Homero. Hacia la resolución de un enigma, de Joachim Latacz.

Y finalmente respecto a la traducción de Carlos Fortea no cabe esgrimir especiales reparos salvo la inclusión de ciertas expresiones coloquiales bastante modernas (mosqueado, hasta los topes, de bote en bote) que chirrían en boca de los personajes de Homero y sus coetáneos. Queda por saber si la forma coloquial es fruto de la traducción o constaba ya en el original alemán. Toda la novela histórica (incluso toda traducción) es pura convención. Un lenguaje arcaizante no es sinónimo de mayor autenticidad. Aunque es casi imposible saber como se expresaban los hombres de la Edad del Bronce, dentro del convencionalismo que permite que mercaderes asirios hablen en español (o en el alemán original) ciertas palabras suenan más falsas que otras, aún significando lo mismo. No es lo mismo Por Tutatis que Por Juno, como sabía bien Goscinny cuando caracterizaba a sus personajes.

Por: Sexto Emilio | Novela histórica | Comentarios (0) | Referencias (0)

Los comentarios están bloqueados

Acerca de

- Cartago ya no existe. - ¿Qué significa: ya no existe? - Significa vida muerta. No llores. Yo soy tu alma; la ciudad de la nada de tu alma. No sueñes con Cartago. Cartago no ha existido jamás. Si algo estuviese verdaderamente vivo no podría morir. La s

Sindicación

Añadir a Feedness
RDF XML ATOM

Créditos

Diseñado por Studio.st
Online gracias a Bitacoras.com